El cumplir años te ofrece una ventaja que no tienes cuando eres muy joven: la de poder mirar atrás y, si eres afortunada, hacerlo con una gran sonrisa. Así es como siento yo mi paso, durante más de una década, por la Agrupación Folklórica de Moncada, la cual celebra este mes de mayo su 50 aniversario. Yo era una cría cuando mi madre nos apuntó, a mi hermana y a mí, a formar parte de esta asociación creada y presidida, en esos años 80, por mi tía Concha Capilla Martínez.

Primero formamos parte del grupo infantil, junto con un gran número de niñas y muy pocos niños. Lo del baile, por lo visto, nos correspondía casi en exclusiva a las mujeres y, desafortunadamente, muy poco de esto ha cambiado. Allí comenzamos a aprender la base de casi cualquier baile regional valenciano: un-dos-tres, un-dos-tres, un-dos-tres… o, dicho en términos musicales, ritmo ternario o de tres por cuatro. Los brazos, siempre en alto, tenían que acompañar a esas piernas que iban de derecha a izquierda acompasadas, mecidas por un movimiento que te hacía sentir poderosa. Después de unos años y unas cuantas actuaciones en las que probamos los nervios del escenario, pero también las mieles de los aplausos, pasamos al grupo de las mayores, y eso, para cualquiera de las que estábamos allí, era dar un gran salto.
Fue allí, con gente más mayor y retos más ambiciosos por cumplir, donde comenzabas a vivir la primera vez de casi todo: tu primer beso a escondidas con un compañero, tu primer viaje en el que ir en autobús lo convertíamos en una fiesta, tu primer cubata después de los ensayos, tu primer festival con grupos de distintos países, tu primer pasaporte, tu primer avión, los aplausos, las juergas por la noche alrededor de una guitarra, los discursos de las autoridades, los reconocimientos… Ay, ¡quién pudiera volver a vivir con tanta intensidad todas esas primeras veces!

Mi prima, Inma Almela Capilla, era la profesora de baile. Lo fue durante muchos años y en mi corazón guardo como un gran tesoro todo lo que nos aportó. La recuerdo viajando por toda la geografía valenciana recuperando seguidillas, fandangos, jotas y boleros. Nada de eso podía quedarse exclusivamente en un rincón de nuestra comunidad, y por eso ella se encargaba personalmente de traer cintas de casete y partituras para los miembros de la rondalla.
Además, aprendía los bailes en el lugar de origen, y luego nos los enseñaba con paciencia y mimo, como sólo las buenas maestras saben hacer. “Un-dos-tres, un-dos-tres y vuelta”, “rodilla abajo”, “punta-talón, punta-talón”, “los brazos bien altos”, “mirando a la pareja”, “quiero veros sonreír”, “¡no oigo esas castañuelas!”, y así un jueves, y otro jueves, y otro mes, y otro año. Cuánto agradezco a mi tía y a mi prima su dedicación, la búsqueda de los orígenes de cada baile, la explicación del porqué de cada prenda del vestuario, así como su creatividad para poner sobre las tablas coreografías llenas de belleza y armonía.

Mi tía, en cada actuación, presentaba al público cada uno de los bailes porque para ella, que era profesora de profesión, la pedagogía tenía un gran valor. Amaba la tradición, la conexión con las raíces, y por eso se detenía para explicar, delante del micrófono, el ritmo acelerado del baile con el que arrancábamos la actuación (el fandango es una celebración llena de alegría que acompañaba las romerías y las fiestas patronales de los pueblos); las notas melancólicas del siguiente baile (el bolero puede ser un lamento que nos recuerda la pérdida de un ser querido); la viveza de la siguiente pieza (la jota es un baile saltado y con giros llenos de energía); o la dansà del final del espectáculo, una de las manifestaciones más antiguas y representativas de nuestro folklore que, con elegancia, pasa de un ritmo pausado a otro más acelerado.
También las letras merecían una explicación, y así pasábamos de aquéllas donde los amantes se intercambiaban piropos, a coplas dedicadas a dar las gracias por las buenas cosechas de ese año. Y otro momento importante y solemne en cada actuación eran les “albaes”, canciones interpretadas junto con el tabal y la dolçaina, o el “cant d’estil”, interpretaciones basadas en la improvisación, con letras normalmente llenas de picardía, juegos de palabras y dobles sentidos, que el versador le iba susurrando al oído a la cantaora.
La Agrupación Folklórica de Moncada, con un altísimo nivel musical y artístico, ha conseguido llevar el nombre de nuestro municipio a Hungría, Italia, Portugal, Andorra o Francia, así como a muchos puntos de la geografía española, y yo he tenido la inmensa suerte de vivirlo. Mi tía y mi prima ya no están al frente, pero ahora lo están un buen número de mujeres -entre las que se encuentra la presidenta Inma López Almela, la nieta de la fundadora de la Agrupación- que han tomado el relevo con fuerza y que con orgullo van a recordarnos que 50 años no son nada.

A las cinco y media de la tarde, tanto el día 1 como el 2 de mayo, miraremos juntas y juntos hacia atrás, hacia una historia llena de éxitos, de tradición, de creatividad, de buen trabajo, de compañerismo, de aprendizaje y de sentido de comunidad. Pero también miraremos hacia adelante, porque en cada baile y en cada canción seguirá naciendo una nueva primera vez.










