Son las 9 de la mañana y mientras desayuno escucho la emisora de radio con más oyentes de este país. En la tertulia se habla de corrupción política, de los abusos en la Iglesia Católica, de autos judiciales, del impacto de la guerra en Irán y de las subidas en las nuevas hipotecas. Los que hablan, los que tienen la palabra e interpretan el mundo, son tres hombres. No hay ninguna mujer.
Salgo a la calle y en el trayecto que me lleva hasta el banco simplemente observo. Es un ejercicio muy interesante reflexionar sobre quién hace qué. A ellas las veo en el mercado, haciendo cola en la farmacia, en el ambulatorio, en las puertas de los colegios o arrastrando carros de la compra. Siempre corriendo, siempre agobiadas. Ellos también están en todos esos espacios, pero en mucha menor medida. Sus tareas son otras y esto responde a la división sexual del trabajo, cosa que no debería ser así en ninguna sociedad considerada igualitaria. ¿Acaso las mujeres realizan mejor la compra que los hombres o son más diestras que ellos limpiando los baños? Si la respuesta es que sí, esto se debe a la práctica y a absolutamente nada más, puesto que nuestra capacidad para cocinar, hablar con la tutora, darle la vuelta al colchón, saber que hay que lavar las cortinas, llevar a la hija a una actividad extraescolar o comprar un regalo de cumpleaños para un familiar no difiere de la de los hombres.
Salgo del banco y pasa una moto. ¿Será siempre la misma o es que hay varios idiotas sueltos haciendo ese ruido atronador? Les encanta perforar los tubos de escape, no por necesidad, sino por la urgencia de ser vistos, de destacar. Es como si su masculinidad dependiera de esos petardazos metálicos, de las miradas de las personas que andamos por las calles de Moncada. Me pregunto si serán esos mismos quienes se dedican a pintar pollas en las paredes de la ciudad. Es una plaga. Es como si tuvieran una obsesión compulsiva con sus genitales, como si en ese gesto vacuo residiera toda su identidad. No puedo evitar sentir que ambas cosas son manifestaciones de una misma necesidad: una forma agresiva de ocupar el espacio público.

Al llegar al centro comercial ya sé que habrá cola en el baño. Las filas infinitas en conciertos, festivales, cines o aeropuertos no son una anécdota, sino una estructura de desigualdad. ¿No es obvio que necesitamos más espacio que los varones porque nuestras necesidades requieren más tiempo? Nosotras tenemos que desvestirnos, sentarnos y cambiarnos productos menstruales, lo que hace que necesitemos, de media, un minuto más que ellos, algo más de tiempo si hablamos de mujeres embarazadas. Sin embargo, se siguen diseñando los baños como si nada de esto importase, perpetuando así otra forma de ejercer el machismo.
Finalmente salgo del baño y me dirijo a la caja. Mientras espero, suena una canción de un famoso rapero español que dice así: “Ese totito siempre huele a coco. Se lo muerdo, se lo escupo. Está caliente como si es un hot dog. Es una puta en la habitación. Lo hacemos, pero siempre sin condón”. Una app del móvil me permite saber rápidamente quién es su autor, y mi curiosidad se extiende hacia otro cantante del que tanto se ha hablado estos días: Bad Bunny. En su canción Chambea, el reguetonero se luce así: “No es meter presión, es saber meterla a tu mujer en cuatro, voy a ponerla, chingando y fumando…”. A lo que sigue una retahíla de versos donde el poder del hombre se mide a través de la superioridad física, la violencia armada y el dinero. Como diría Rosalía, este tipo es toda una perla.
Al salir del centro comercial, ya con el coche en marcha, me llega una buena noticia: el Papa, esa figura que representa a una institución profundamente misógina, por fin se ha ido.










