De Moncada se dice que es un municipio acogedor, solidario, con buenas comunicaciones con la capital, rodeado de una huerta que es el orgullo de todos y todas nosotras, con algunas casas de pueblo de gran belleza, con un patrimonio histórico envidiable y, cómo no, con la Real Acequia y su Casa Comuna. Es una localidad alegre, con actividades para gente de todas las edades, con un tejido asociativo sólido y con un buen comercio de proximidad.
También es una ciudad, como ocurre en cualquier otra, con carencias, y yo creo que en Moncada venimos arrastrando deficiencias en el mantenimiento de calles, aceras, contenedores o jardines desde hace ya más de una década. No es extraño escuchar a la gente quejarse de que algunos parques están abandonados y de que las malas hierbas o los árboles sin podar son una vergüenza. No seré yo quien les quite la razón. Yo me quejo de eso mismo.
Es muy difícil que en una ciudad de más de 22.000 habitantes nos pongamos de acuerdo en cuáles deberían ser las prioridades del municipio. Supongo que para algunas personas las fiestas son lo más importante, y seguramente vivirán con entusiasmo el poder salir a la calle y sentirse acompañadas por un desfile de Moros y Cristianos, una concentración de coches antiguos o una mascletà. Luego estamos otro tipo de personas que, aunque nos gustan las fiestas, apreciamos más la tranquilidad y, en mi caso, también la estética. No creo que sea una frivolidad darle importancia al orden, la limpieza, la armonía de colores y formas, o un poco más de silencio. No sé si eso es ser una persona altamente sensible, como lo llaman ahora, pero no creo que haya que llegar a ese extremo para que algunas y algunos valoremos profundamente los lugares en los que la belleza adquiere cierto protagonismo.

Yo soy de las que van paseando por las calles de Moncada y pienso que es una pena que esa pared del fondo esté llena de grafitis hechos con tan mal gusto, o que algo habría que hacer con todas esas casas abandonadas, con sus fachadas desconchadas y medio derruidas. También evito cruzar por determinados jardines porque no me transmiten paz, sino todo lo contrario, y lo único que veo son cacas de perros, bolsas de basura en el suelo, malas hierbas y muy poca higiene. Me encantaría sentarme allí con un libro o con mis auriculares con música, pero nada de lo que me rodea me hace pensar que vaya a estar a gusto. ¿A quién le gusta respirar el olor a orín?

Además, me ocurre que voy andando por la calle y me entra una especie de complejo de saltimbanqui porque me paso el rato saltando de una acera a la otra, y lo hago por distintos motivos: a veces quiero evitar pasar por al lado de una fila de contenedores sin tapa y con moscas revoloteando alrededor; en otras ocasiones mi prudencia me lleva a evitar caminar por debajo de algunos edificios abandonados con evidente peligro de derrumbe; otras veces el problema radica en que la acera es tan estrecha que no me permite pasar con una amiga; y, con frecuencia, me ocurre que me encuentro con una montaña de juguetes viejos, ropa o escombros rodeando los contenedores y, entonces, otra vez me tengo que volver a cambiar de acera.

También me sucede que quiero evitar pasar por al lado de esos muchos alcorques vacíos y abandonados a su suerte que salpican la ciudad porque es fácil acabar metiendo un pie en ellos. Bueno, vacíos no están, porque aunque no encierren un árbol, en ellos siempre encuentras basura acumulada, excrementos de animales y, en los días de lluvia, mucho barro. Me pregunto si es tan difícil rellenar el alcorque con cemento para dejarlo al nivel de la acera o, mejor aún, si no se podría plantar un bonito árbol que nos diera una sombra de esas que tanto se echan de menos en estos tórridos veranos.

Tengo la suerte de poder viajar de vez en cuando, y me he dado cuenta de que evito visitar países donde sé que esa estética tan ansiada, y diría que necesitada por mí, brilla por su ausencia. Busco un tipo de lugares en los que se cuide el paisaje, donde el verde esté presente y donde sentarme en una plaza sea sinónimo de escuchar a los pájaros que revolotean en las copas de los árboles. Sin duda, prefiero esto al ruido de esas motos que se pasean libremente por Moncada con sus tubos de escape perforados buscando, supongo, la atención de las personas que andamos por allí.

Por eso, porque veo que en otros países la estética tiene un gran valor, y también porque en otros municipios de nuestro alrededor como Alfara del Patriarca, Massarrojos o Rocafort las calles presentan un aspecto mucho más saludable, me atrevo a imaginar una Moncada mejor, un municipio del que sentirme más orgullosa.
Por ponerme a soñar que no quede, así que mi imaginación me lleva a visualizar contenedores que no estén rotos, a agentes de Policía paseando por las calles y multando a las dueñas y dueños de perros que ensucian sin pudor nuestros barrios, o a esas otras vecinas y vecinos que tiran la basura fuera de los contenedores. Sueño con un servicio de limpieza eficaz que recoja las naranjas espachurradas en el suelo porque no ha habido previamente una poda de los naranjos amargos que tenemos en algunas zonas del municipio; con rejillas de alcantarillado libres de hojas y residuos, y cómo no, pasos de cebra con la pintura en buen estado y calles bien asfaltadas porque, ¿quién quiere todos esos socavones y aceras rotas que tenemos?

Sí, claro que para todo esto hace falta dinero, así que supongo que la clave está en cómo repartimos el que tenemos, y a mí, personalmente, me gustaría una distribución más racional y práctica que la actual, y que consista en empezar por las necesidades más elementales que tiene cualquier ciudad, es decir, tener en buen estado los espacios por los que circulamos a diario.
Creo que nuestras y nuestros representantes políticos conocen las virtudes de Moncada y saben explotarlas y sacarles partido. Eso está muy bien. Sin embargo, tengo mis dudas sobre su compromiso con las carencias de la ciudad. Es su obligación conocerlas y destinar los recursos necesarios para que habitemos el casco urbano y sus barrios (Masías, San Isidro de Benagéber y barrios de los Dolores, del Pilar y Las Torres) en las mejores condiciones posibles.
Ojalá todo el mundo pongamos más de nuestra parte y cuidemos con mimo esos espacios comunes que son nuestra casa; lugares de encuentro, de paseo y de juegos, donde disfrutar de la sombra en verano y de la caricia del sol en invierno; espacios para descansar, compartir o simplemente estar a solas. Ojalá consigamos ser una comunidad más limpia y respetuosa, pero sobre todo deseo que este gobierno, que cuenta desde el miércoles con un nuevo alcalde, desempeñe mucho mejor su labor.









