Os propongo un ejercicio. Cerremos los ojos un momento e imaginémonos un macroevento de tipo deportivo, cultural, religioso o político protagonizado exclusivamente por mujeres. Elegid el que más os guste. Ahora pensad que eso provocara que el mundo entero se paralizara durante 39 días y que todos los medios de comunicación, a lo largo de esas semanas, hablaran a todas horas de ellas. Resulta casi imposible visualizarlo, ¿verdad?
Lo que no hace falta imaginar, porque lo vivimos con una frecuencia abrumadora, son los mundiales de fútbol, la Eurocopa, la Champions, las finales de la NBA, Wimbledon, los mundiales de Fórmula 1, el Tour de Francia o la Super Bowl, y todo lo que cada uno de estos espectáculos masculinos lleva aparejado.

Por una parte, se produce un enorme gasto en infraestructuras deportivas (muchas veces a costa de los servicios públicos esenciales), en limpieza extraordinaria, en arreglar el mobiliario urbano destrozado por las hinchadas, en servicios sanitarios colapsados, en un enorme despliegue policial y en el refuerzo del transporte público. Todo esto son recursos sufragados por toda la ciudadanía para sostener unos espectáculos en los que la mayoría de las mujeres no participan.
Pero no se trata solo de una cuestión económica, sino que esta dinámica también transforma el espacio público. Las plazas, calles, bares y transportes pasan a estar dominados mayoritariamente por hombres, y esto obliga a que muchas mujeres modifiquen sus recorridos, eviten determinadas zonas o renuncien a salir por miedo al acoso y la violencia. Se normalizan y minimizan conductas vandálicas, consumo excesivo de alcohol, peleas entre aficionados y comportamientos agresivos que son tratados como “excesos propios del fútbol”, cuando la realidad es que son inaceptables.
Además, el trabajo doméstico y de cuidados, que ya recae de forma desproporcionada en las mujeres, se intensifica durante estos eventos. Sus parejas, absortas en los partidos, se desentienden de las tareas, lo que incrementa todavía más la carga física y mental que soportan ellas.
Pero por lo visto todo esto no es suficiente. Hay hombres que no tienen bastante con estrenar estadios por encima de nuestras posibilidades, con apropiarse a gritos de las calles o plazas, o con recibir durante cinco semanas toda la atención mediática haciéndoles sentir importantes. Necesitan, además, sacar a pasear su lado más miserable y machista en forma de violencia contra las mujeres. A veces quien lo paga es una aficionada del equipo contrario o una mujer que pasaba por allí, porque el aumento del acoso y de las agresiones sexuales en zonas de concentración de aficionados es un hecho.

Otras veces, la violencia la ejercen sobre su propia esposa, la misma que cuidaba de sus hijas e hijos mientras ellos veían el partido. Esto se refleja en el aumento de llamadas de emergencia y de denuncias por agresiones físicas y psicológicas dentro del hogar. En otros casos, como también han constatado las organizaciones que luchan contra la explotación sexual, son las mujeres prostituidas -las más vulnerables de todas nosotras- sobre las que se descarga con total impunidad la ira o la euforia de los aficionados.
Así que sí. Los beneficios de estos macroeventos son ampliamente pregonados y celebrados, pero también hay costes económicos y sociales que recaen sobre las mujeres y de los que prácticamente no se habla. Son costes que se traducen en violencia, precariedad y pérdida de derechos. Hay una cara B que deberíamos tener en cuenta.
Que el domingo gane el mejor, pero ojalá las mujeres no tengamos que pagar, ni con nuestros cuerpos ni con nuestra seguridad, las consecuencias de este despliegue testosterónico.







