Hay personas capaces de convertir cualquier lugar en un punto de encuentro. Carmen Miranda Mallea, (San Isidro de Benagéber,1945), es una de ellas. Alegre, vital y con una facilidad innata para hacer amigos, recuerda los veranos de su vida como un viaje que comenzó con la tristeza de la infancia y desemboca hoy en la felicidad compartida junto a su marido sus hijos y nietos.

Su primer verano permanece grabado en su memoria por un sentimiento que aún hoy emociona al recordarlo. Fueron años difíciles. Su madre estaba enferma (murió cuando ella tenia 6 años), y su padre trabajaba en las obras del pantano de Benagéber, una infraestructura que marcó la historia de toda una comarca y también la de muchas familias. Aquellos primeros veranos estuvieron condicionados por las preocupaciones del hogar, aunque Carmen conserva un recuerdo imborrable de su padre, forjador mecánico en el taller del pantano de la empresa Portolés y Cía., que aprovechaba los pocos días de vacaciones para llevarla a disfrutar de la playa de la Malvarrosa o al cine suizo de Valencia donde proyectaban películas de dibujos animados.
Con apenas doce años comenzaron los veranos de la juventud, aquellos que se medían por las noches de cine a la fresca. Carmen y los vecinos emprendían a pie el camino desde San Isidro hasta Moncada. Cada una cargaba con su silla para instalarse en el desaparecido cine de verano Casablanca, de la calle Pintor Sorolla. Allí disfrutó de las películas protagonizadas por Juanita Reina, Antonio Molina o Lilián de Celis, artistas de la copla que llenaban de música y emoción las pantallas de la época.

Aquellas sesiones eran mucho más que una película. En la bolsa nunca faltaba el bocadillo que acompañaban con unos caracoles en la mesita apoyada sobre el empedrado del Casablanca mientras las noches estivales se alargaban en el eco irrepetible del cine de verano.
Con el paso de los años llegaron nuevas aventuras. Los veranos se ampliaron hacia los pueblos cercanos al pantano de Benagéber, como Chelva, Calles o Domeño, donde compartía jornadas de ocio con amigos y familiares en un entorno natural que forma parte de sus recuerdos más queridos.

Pero si algo define la vida de Carmen es su vocación de servicio. Con apenas 17 años tomó una decisión poco habitual para una joven de la época. Se presentó en la Cruz Roja con una idea muy clara: quería ser practicante (ATS). En los años 50 y 60 en San Isidro no existía este servicio sanitario y, cuando surgía una urgencia, había que acudir a a la consulta de Moncada.
Movida por el deseo de ayudar a sus vecinos, obtuvo el carné de socorrista y aprendió a administrar inyecciones de la mano de don Vicente Castro que tenía la consulta en su domicilio de la calle secretari Molins. Durante dos décadas ejerció como practicante, convirtiéndose en una figura querida y respetada por quienes encontraron en ella atención y tranquilidad en momentos difíciles.
La vida también le permitió descubrir otros horizontes. Carmen ha viajado a Palma de Mallorca y ha realizado varios cruceros por el Mediterráneo, recorriendo los fiordos noruegos y San Petersburgo, experiencias que ampliaron su mirada sin hacerle olvidar nunca sus orígenes.

Cuando se le pregunta qué aroma representa mejor el verano, no duda un instante: el perfume del azahar de los naranjos. Un olor que, para ella, resume la esencia de la tierra donde ha vivido. ¿Y una canción de verano? «Cualquiera de Julio Iglesias» afirma, recordando que tal vez y aunque pasen los años «la vida sigue igual».
Hoy disfruta de una etapa distinta, marcada por la familia y los nietos. Entre Moraira y Cullera transcurren ahora sus veranos, llenos de juegos, conversaciones y momentos compartidos.
La historia de Carmen Miranda es la de una generación que conoció las dificultades desde muy pequeña, que aprendió a valorar las cosas sencillas y que convirtió la solidaridad en una forma de vivir. Sus veranos hablan de playas, de cines al aire libre, de excursiones, de viajes y de familia, pero, sobre todo, hablan de una mujer que nunca dejó de cuidar de los demás y que sigue transmitiendo la misma energía y alegría con la que ha recorrido toda su vida.








