Hay quien, a saber por qué arte de birlibirloque, no ve relación entre la trata y la prostitución y, con esas, denuncia la primera y defiende la segunda. También hay quien rechaza el sistema prostitucional, pero considera la pornografía como algo diferente y aceptable, cuando están íntimamente unidos y hay un nocivo refuerzo mutuo.
El movimiento feminista ve con una nitidez evidente que sin la demanda de prostitución y pornografía no habría razón para la trata con fines de explotación sexual. Muchas investigadoras, divulgadoras, supervivientes del sistema pornoprostitucional, activistas… demuestran esta relación intrínseca y lesiva, y exponen, sin ambages, las causas y consecuencias de este despropósito.
La causa, podríamos ponerlo con mayúsculas, en negrita y subrayado, es la demanda. Es decir, la causa, son los puteros. En nuestro país, varios estudios señalan que entre el 28 y el 39% de los hombres admiten haber consumido prostitución alguna vez en su vida.
Cuando, desde el feminismo, se pide la implantación de una Ley Orgánica Abolicionista del Sistema Prostitucional, se suele enarbolar la supuesta libertad de las mujeres para hacer con sus cuerpos lo que quieran. Lo que quieran, claro está, que se mantenga dentro del intocable modelo de socialización patriarcal, que no es algo superado, que sigue plenamente vigente.
El aumento de agresiones sexuales, sobre todo entre adolescentes, es un síntoma manifiesto de esta realidad. De hecho, la Fiscalía General del Estado alerta en su memoria anual (presentada durante los primeros días de septiembre de 2026) de un aumento del 35,8% en los delitos contra la libertad sexual cometidos por menores de edad en España y lo califica como «una alarmante espiral que no para de crecer».
Poniendo el foco en las mujeres, y en sus decisiones, se ocultan las verdaderas razones del rechazo legislativo Abolicionista, o de la postergación sine die de su abordaje. Y es que resulta que el sistema pornoprostitucional es muy lucrativo, de lo que llegan a aprovecharse los gobiernos, pero invisibilizando que todo esto no sería posible sin la demanda de los prostituyentes.
Y estos últimos son hombres que equiparan sus deseos con derechos. Deseo a acceder al cuerpo de mujeres, niñas y niños en directo o en diferido a través de sus dispositivos móviles. Hombres que, cada vez a edades más tempranas, y a través de la pornografía, aprenden a humillar y ejercer violencia hacia las mujeres y niñas. Hombres que quieren reproducir lo que han visto y con lo que han aprendido a excitarse y, o bien agreden a cualquier mujer de su entorno, o bien, ante la negativa de sus parejas afectivas y/o sexuales, van a comprar el consentimiento, que ellos saben que es un claro sometimiento de otras mujeres, a sabiendas de que las que están en esa situación no tienen otra alternativa.
Y son conocedores porque, casi a diario, esto forma parte de la información que recogen y difunden los medios de comunicación, proporcionada por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Todas estas noticias cuentan con expresiones como «extrema vulnerabilidad, juventud y necesidad», «hacinamiento», «condiciones infrahumanas», «rotación constante de las víctimas en los espacios de explotación sexual», «situación irregular», «presión psicológica y económica»… Aún así la atención se mantiene en la libre elección de las mujeres.
Por ello no es aceptable, de ninguna de las maneras, el apoyo a este tipo de comportamientos que implican consecuencias muy graves tanto para las mujeres en situación de prostitución como para la sociedad en su conjunto. Normalizar y acoger los postulados de este sistema claramente antidemocrático supone poner en riesgo a nuestros niños, niñas y adolescentes.
Si no ponemos remedio, no disfrutarán de una sexualidad saludable, con riesgo para ellos de cometer delitos de índole sexual y para ellas de ser víctimas de esos delitos, sin tener conciencia de lo que les está ocurriendo. Como sociedad estamos siendo todos y todas responsables de abocarles a interiorizar como una alternativa aceptable el acceso al sistema pornoprostitucional, y a identificar sexualidad con violencia y dominación sexual.






