Hay veranos que nunca terminan y que permanecen en el recuerdo del olor de una paella hecha con leña, el aroma de los campos de naranjos, en una silla sacada a la puerta de casa al caer la tarde o en las interminables de ‘Aventuras de los cinco’ de Enid Blyton. Los de María Valencia Alós y Mila Lloria Albert ambas nacidas en 1959 son de esos que permanecen intactos en la memoria, aunque hayan pasado más de medio siglo.

Las dos amigas nacieron y crecieron en San Isidro de Benagéber, nietas de colonos que tuvieron que abandonar su pueblo para levantar el pantano de Benagéber. Pero una parte de su corazón siempre ha pertenecido también a Moncada. Sus madres, la de María, de apellido Alós, era vecina de la calle San Miguel; la de Mila, de apellido Albert, vivía en la calle Ramón Villarroya. Esa doble raíz hizo que ambas crecieran entre dos mundos unidos por la familia, los afectos y las costumbres de la Serrania y de l’Horta.
“Éramos felices con muy poco”, coinciden casi al unísono. Y enseguida matizan: “Bueno… en realidad no teníamos nada”. No había televisión en las casas. Cuando llegaba algún acontecimiento importante, la solución era sencilla: acudir al bar de la plaza, donde se reunía todo el pueblo alrededor del único televisor. Nadie hablaba de pantallas; bastaba compartir el momento.

Las mañanas de verano comenzaban pronto. Antes de pensar en jugar había que ayudar en casa. Comprar el pan, hacer algún recado, lavar, colaborar en las tareas domésticas o echar una mano en aquello que mandaban sus madres formaba parte del aprendizaje cotidiano. Después llegaba el premio: la calle.
Allí empezaba un universo infinito construido con imaginación. El sambori dibujado con yeso sobre el suelo, los recortables, el escondite, las carreras y las interminables conversaciones con las amigas llenaban unas jornadas que parecían no tener fin.

Entonces no existían piscinas en San Isidro. El agua había que buscarla donde estaba. Sus padres avisaban de donde se regaba para que pudiéramos ir porque por allí iba a pasar el agua. Aquellos días eran una auténtica fiesta. «Cuando el agua descendía no dedicábamos a recoger renacuajos. Nos parecía una aventura maravillosa”, recuerdan entre risas. Igual que ir a la pinada próxima al Mas de Moroder para recoger piñones.
Si alguien marcó la infancia de toda una generación en San Isidro de Benagéber fue la señorita Carmen Gómez. Su nombre aparece una y otra vez mientras María y Mila reconstruyen aquellos años. Hablan de ella con un cariño inmenso. «Era mucho más que una maestra. Enseñaba labores, punto de cruz y mecanografía, y también organizaba excursiones a las Obreras de la Cruz.

Aquellos viajes tienen hoy un aire cinematográfico. Sus padres organizaban salidas nocturnas al cine Casablanca de Moncada en una mula mecánica y, al terminar la película, emprendían el regreso completamente a oscuras. “Volvíamos llorando muchas veces porque nos daba miedo el camino”, recuerdan entre sonrisas.
Las excursiones familiares tampoco faltaban. Algunos domingos el destino era el pantano o los pueblos de la Serranía de donde procedían sus abuelos. Eran viajes sencillos, sin prisas, donde el trayecto era casi tan importante como la llegada.

Ya en la adolescencia llegaron las piscinas. La del Patronato, en la calle Madrid de Moncada —que se encontraba detrás del escenario donde hoy se representa el Misteri de la Passió—, se convirtió en uno de los grandes puntos de encuentro del verano. También la piscina de Alfara era otro de los lugares habituales para pasar las tardes entre amigas.
Pero si algo define aquellos veranos para Mila y María son los aromas. El olor de la paella de los domingos, la resina de los pinos, los albaricoques recién cogidos del árbol y el aire limpio de las noches de verano forman parte de un paisaje emocional que permanece intacto.
También estaban los libros. Mientras hoy las pantallas ocupan buena parte del tiempo libre, entonces las vacaciones eran el momento de leer las ‘Aventuras de Los Cinco’, ‘Los Siete Secretos’ o las ‘Torres de Malory’ de Enid Blyton historias que alimentaban la imaginación durante las largas tardes estivales.
Y, de vez en cuando, llegaba la magia. Una compañía de teatro al aire libre instalaba su escenario en la plaza de San Isidro para representar obras infantiles.
Al caer el sol llegaba el momento más esperado del día. Las sillas salían a la puerta de casa. Las familias cenaban a la fresca mientras los niños seguían jugando hasta bien entrada la noche.
Aquellos veranos también fueron los de las pandillas. Amigas y amigos de San Isidro, del Barrio del Pilar, de Las Torres y de Masías formaban una única colla que compartía juegos, excursiones, risas y confidencias.

Hoy, cuando Mila Lloria Albert y María Valencia Alós echan la vista atrás, no recuerdan grandes lujos ni vacaciones lejanas. Recuerdan algo mucho más valioso: una infancia en libertad, las calles de San Isidro donde todos se conocían, una generación educada entre el esfuerzo, la solidaridad y los pequeños placeres cotidianos.







