Hay cosas que cuesta entender. Y esta es una de ellas. La fuente de agua refrigerada instalada el pasado 24 de agosto en el parque de la Mediterránea apenas ha durado diez días antes de convertirse en víctima del vandalismo. Diez días. Ese es el tiempo que ha necesitado alguien o algunos para atacar y dañar una instalación concebida para prestar un servicio a todos los vecinos y usuarios de este espacio público.

Una fuente de agua fresca pensada para aliviar el calor, especialmente durante estas fechas, para que niños, mayores, deportistas y cualquier persona que pase por el parque pueda disponer de agua en condiciones adecuadas. Un servicio público. Un elemento para mejorar el parque. Algo que, sencillamente, debía estar al servicio de todos.
Y alguien ha decidido que no. No se trata únicamente de una fuente. Se trata de respeto.

Respeto por aquello que es de todos. Porque cuando alguien destroza una instalación pública no está dañando al ayuntamiento. Está dañando a sus propios vecinos. Está perjudicando al niño que mañana quería beber agua allí, a la persona mayor que necesita refrescarse, al deportista que utiliza el parque, a las familias que disfrutan de ese pulmón verde que es la Mediterránea y, en definitiva, a todos los ciudadanos que pagan sus impuestos y esperan que los servicios públicos se conserven y puedan utilizarse.
El vandalismo no puede convertirse en algo asumido como inevitable. Y si aceptamos el vandalismo como parte del paisaje, estaremos dando un paso atrás como sociedad.







